progressif

sábado, julio 19, 2008

La sociedad contra el Estado*

Javier Sicilia

Con este título, un gran etnólogo, Pierre Clastres, publicó su obra más importante. Con este título también podría definirse la época que nos tocó vivir.

La actual crisis del Estado –que en México se refleja en la incapacidad de los gobiernos y de los partidos para servir al bien común, en sus contubernios con los poderes económicos y las mafias, en sus disputas internas, sus guerras partidistas y su alejamiento de la gente– podría definirse –en la emergencia de movimientos sociales alternativos, de mercados informales, de acuerdos populares ajenos a los controles de los aparatos del Estado, y del descrédito creciente de la vida política legitimada por el pueblo– como una lucha de la sociedad contra el Estado. Una lucha, como la analiza Clastres, tan vieja como la humanidad.

Aunque el Estado es una invención moderna, que nació con las monarquías absolutistas y que Hobbes delineó en su Leviatán, siempre existió en el pasado como una tentación que las sociedades mantuvieron a raya.

Más allá de la teoría marxista que concibe al Estado como una realidad instrumental al servicio de la dominación de una clase, Clastres, a partir de sus investigaciones de las sociedades premodernas, descubre que el origen del Estado no se encuentra en la división de una clase explotadora y una explotada, sino –y ésta es la que funda todo lo demás– en la división entre los que mandan y los que obedecen. Una realidad que no tiene que ver al principio con la violencia, sino con una pregunta más profunda. ¿Por qué una sociedad, compuesta por un elevado número de personas, decide obedecer a uno o varios individuos? Esta es una pregunta que Gandhi se planteó en el siglo XX, la respondió con la desobediencia civil y concluyó con la salida del imperio inglés de la India. Si un pueblo no está dispuesto a obedecer, el Estado, aún con el poder de la violencia de su lado, deja de existir.

En las sociedades premodernas, como la que el zapatismo sacó a la luz como una antigua y, frente a la crisis del Estado, moderna forma de vida, ésta no está regida por la coerción, sino por el intercambio y la reciprocidad. Allí el que manda no posee el poder. La frase zapatista, “mandar obedeciendo”, la sintetiza. Quien manda es mandado por la gente, y su mando: 1) es oneroso: nadie, a diferencia de lo que sucede con el Estado, le paga por ejercerlo; al contrario, el jefe tiene la obligación de ser generoso: no sólo de proveerse de manera autosuficiente, sino de generar un excedente para el común; y 2) debe reflejar la vida social: quien manda no dice ni hace otra cosa que lo que quiere oír y hacer la gente; en el momento en que deja de hacerlo, es abandonado, despojado de su mando. De esa manera conjuraban y aún conjuran la tentación de Estado.

Por ello el Estado, en la sociedad moderna, ha entrado en crisis. Algo en él –como le sucede al jefe de las sociedades estudiadas por Clastres– no está funcionando ya, y una gran parte de la sociedad comienza a ponerse en su contra. Esa parte de la sociedad no pertenece a la disidencia partidista –que, como sucede con el movimiento encabezado por AMLO, cree todavía en el Estado, pero administrado por políticos y políticas más sociales, más acordes con una mayoría desplazada de los beneficios del Estado privatizador–, sino a masas marginales, subterráneas, periféricas, que no lo atacan directamente pero que, al salir de sus controles, le dan la espalda, evidenciándolo como un poder que, al igual que todo poder no controlado por la gente, somete, privilegia, esclaviza, desplaza y destruye las relaciones de intercambio y reciprocidad.

Ese malestar está también en los grupos disidentes. Sin embargo, ellos no se han dado cuenta de que el mal está precisamente en el Estado mismo y en las relaciones que ese Estado privilegia para conservar el poder. De ahí que la izquierda, cuando ha llegado a él, sólo ha traído escasos beneficios.

La gente está harta del Estado, cuyo sistema económico –el de la economía de mercado– se está derrumbando. No obstante, ese mismo Estado, para sobrevivir, está dando concesiones que antes eran marginales. Por ejemplo, se le puede permitir a un guerrillero, como Marcos, caminar por el país sin ser atacado. Ese mismo Estado que antes le advirtió: “no puedes caminar por el país, porque estás fuera de la ley”, es el que recientemente le dijo: “ahora sí puedes hacerlo”. Qué bueno que fue así, pero eso no significó una derrota de su maquinaria. Fue, por el contrario, un rostro de su poder. La seguridad social y política sigue siendo el Estado.

Para llevarlo a su destrucción tendría que pensarse como piensan las sociedades premodernas y como, más allá de sus pretensiones políticas, lo plantean el zapatismo y esas franjas sociales que escapan a su control: vivir en los límites, dentro de economías de subsistencia, en grupos pequeños, tomando de la modernidad lo que les permite adueñarse de su medio sin destruirlo. Una utopía. Pero que aparece como el único horizonte en el malestar de la gente que ya no cree en el Estado o que ha decidido escapar de sus controles atroces.

Además opino que hay que respetar los Acuerdos de San Andrés, liberar a todos los zapatistas presos, derruir el Costco-CM del Casino de la Selva, esclarecer los crímenes de las asesinadas de Juárez, sacar a la Minera San Xavier del Cerro de San Pedro, liberar a los presos de Atenco y de la APPO, y hacer que Ulises Ruiz salga de Oaxaca.

*Tomado de la revista Proceso.