progressif

viernes, agosto 17, 2012

Cuando los excesos son excesivos*






Tomados de La Jornada, Helguera, El Fisgón y Rocha y El Universal, Helioflores y Naranjo.



Octavio Rodríguez Araujo 

No deja de ser una paradoja que, cuando todos los gobiernos defienden el reino de los mercados y de la libre empresa, en Australia se ordene la eliminación de las marcas (con sus logotipos) de los cigarrillos. ¿Dónde quedan los derechos de propiedad intelectual? Éstos significan, por si alguien no lo sabe o no lo recuerda, las invenciones, las obras literarias y artísticas, los símbolos, los nombres, las imágenes y los dibujos y modelos utilizados en el comercio. En lugar de los logos de las empresas tabacaleras se pondrán en las cajetillas de cigarros pictogramas de los supuestos daños que produce el tabaco, entre más feos mejor. 

Si se hiciera lo mismo con todos los productos peligrosos tendrían que incluir a los automóviles, las bebidas alcohólicas, las hamburguesas y miles de mercancías nocivas a la salud y a la integridad de sus usuarios o de sus víctimas. Los automóviles llevarían en las puertas grandes fotografías de choques, atropellados, etcétera; las botellas de licor, de vino y de cerveza llevarían hígados deshechos por cirrosis y cáncer, mujeres golpeadas o violadas por hombres borrachos y muchos otros efectos del alcohol, y en los comercios tendríamos que fijarnos muy bien si el auto que queremos comprar es un Ford, un Nissan, un Mercedes Benz o un Ferrari, igualmente tendríamos que leer con cuidado si la botella que queremos es de güisqui, de ron o de tequila, y también qué marca es y de cuántos años de envejecimiento. Los bolígrafos, que también sirven para enterrárselos en la garganta a los que nos caen mal o nos agreden, deberán llevar la foto de una persona desangrándose con un bolígrafo clavado en la carótida. Ni qué decir de los medicamentos que, según La Jornada del miércoles pasado, son de origen ilícito en 60 por ciento, para no hablar de los terribles efectos secundarios tanto de los ilícitos como de los lícitos. Las cajas de los antinflamatorios deberían traer una foto de una persona con diarrea o de otra con úlceras en el estómago. Entre más asquerosas, mejor. 

Pero la medida tomada en Australia, que rápidamente aplaudió la doctora Chan, directora de la Organización Mundial de la Salud, no sólo es contraria al mercado (hasta ahora sólo de los productores de tabaco), sino que facilita el contrabando y el mercado negro de cigarros producidos en otros países sin control de calidad y donde en lugar de tabaco tratado bajo estándares internacionales se producen con cualquier marranada. 

The Irish Sun del 13 de agosto señaló que el comercio ilegal de tabaco le significa a la Unión Europea más de 10 billones de euros al año que no recauda Hacienda y que mundialmente se pierden de 40 a 50 billones de euros al año que debieran pagarse por impuestos al tabaco. La misma fuente dice que el mercado negro de cigarrillos es el número uno a escala mundial. Tan importante es el trasiego de cigarros de contrabando que con las ganancias los grupos criminales –cita la fuente– se financian para el mercado ilegal de drogas y de armas. En Australia ya se advirtió que con las medidas adoptadas (de uniformar todas las cajetillas) el contrabando venderá su producto más fácilmente, pues los productores de Europa del este, de Chipre, de Malasia, de India, de Paraguay, etcétera, ni siquiera tendrán que falsificar logos ni exponer las cantidades de alquitrán, nicotina y monóxido de carbono que contiene el humo de un cigarrillo encendido. Todas las marcas se confundirán y lo único que se destacará en las cajetillas serán fotografías exageradas de los efectos del consumo de tabaco. 

El negocio del siglo será producir cigarreras metálicas, de plástico, de piel o de tela para que los fumadores puedan cargar sus cigarros sin tener que ofenderse la vista. 

Para variar, se repiten las mismas cifras de víctimas del tabaco, y es así que en México los “expertos” (que nunca han hecho estudios estadísticos reales ni mucho menos de causa-efecto) dicen que es la primera causa de muertes y que por fumar fallecen anualmente 60 mil mexicanos. Si fuera la primera causa de muerte, ¿por qué otros expertos nos dicen que en el país mueren anualmente 80 mil por insuficiencia renal crónica? (véase La Jornada, 5/8/12). Se trata de 20 mil más de una enfermedad que, dicen, afecta a 9 millones de personas. Ni el cigarro: si acaso es cierto que 15 millones de mexicanos son fumadores, sólo la cuarta parte (estadísticamente hablando) puede llegar a padecer problemas respiratorios serios, como enfisema pulmonar. Y este dato depende del número de años de fumar y del número de cigarrillos consumidos diariamente, como lo sabe cualquier neumólogo. Cuando alguien joven tiene enfisema pulmonar, por ejemplo, es porque le faltó de nacimiento (por herencia) la Alfa-1antitripsina o porque desde niño padece asma severa. En otras palabras, el enfisema pulmonar producido por fumar es un padecimiento, cuando se presenta, de adultos mayores. Sin embargo, se dice que con sólo fumar un cigarro se dañan los pulmones. Como esta estupidez hay otras cuya incidencia estadística es todavía menor al enfisema pulmonar. 

Antes de que me critiquen mis lectores aclaro que no defiendo el consumo de tabaco ni mucho menos a las tabacaleras. Simplemente quiero destacar el exceso irracional de los prohibicionistas y de los efectos que dicho exceso puede producir. Es tan delicado el tema que Armando Ahued, titular de Salud del Distrito Federal, ha prendido focos rojos porque las mujeres, sí, las mujeres, ya fuman y beben como los hombres (ver La Jornada, 14/8/12). Esta voz de alarma sugiere que las mujeres no deberían de fumar ni de beber, como si fueran menores de edad y estúpidas. Al rato dirá que mejor se queden en casita procreando niños, barriendo y cocinando y que, en sus ratos de ocio, en lugar de ir a un bar con sus amigas o amigos, se dediquen a bordar o, en el exceso, a ir al gimnasio para tener una bonita figura y agradar a los hombres. ¡Qué mierda! 

rodriguezaraujo.unam.mx

*Tomado de La Jornada.

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