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jueves, junio 18, 2009

Mejor la revocación del mandato*








Tomados de La Jornada, Hernández, El Fisgón, Helguera y Rocha.


Octavio Rodríguez Araujo

Entiendo perfectamente el malestar de amplios sectores sociales con los partidos políticos. Ofrecen poco y lo que prometen no lo cumplen, ni las organizaciones ni sus candidatos una vez instalados en la esfera del poder o del podercito que les dieron los votos o los fraudes electorales. Sin embargo, considero que la culpa no es de nuestro sistema de partidos, sino del orden jurídico y de la cultura política dominante e inercial.

Algo que convendría recordar, tanto para los ciudadanos sin partido como para los afiliados a cualquiera de ellos, es que los partidos políticos son lo que son porque sus dirigentes no tienen suficientes contrapesos. Desde principios del siglo XX Robert Michels, en su libro Los partidos políticos, sugirió que la democracia conducía a la oligarquía, ya que por lo general contiene un núcleo oligárquico. Nada ha cambiado a partir de entonces, y menos en los partidos políticos. Desde el momento en que los miembros de una organización eligen una dirección para que haga el trabajo que normalmente no hacen los ciudadanos comunes, están sentando las bases de una oligarquía, igual se trate de partidos que de gobiernos. En éstos lo más que puede cambiar, de una elección a otra, es que el gobernante sea buena gente, honrado, democrático, inteligente y otros atributos, o lo contrario. Pero bueno o malo, para decirlo simplemente, el gobernante (o el dirigente de un partido) formará parte de una estructura de poder que no comparte la mayoría de la población ni podría compartirla en las sociedades modernas con millones de habitantes. Así funciona la democracia, aquí y en China, con las diferencias propias de cada lugar, y en general se trata de democracias de elites y difícilmente podrían ser distintas salvo en comunidades pequeñas y, por lo común, por poco tiempo (hasta que llega un vivo y hace todo lo posible por no dejar la silla en que está sentado).

De lo anterior se desprende que pedir peras al olmo es ingenuo o propio de víctimas del pensamiento mágico. Lo único que ha cambiado el ritmo y a veces el rumbo de la historia ha sido el movimiento organizado de las masas; y aun así los cambios logrados, como se ha visto en las revoluciones desde finales del siglo XVIII, han sido mucho menores que las promesas de los revolucionarios (otra oligarquía que combate a quienes la amenazan con quitarle el poder, la hegemonía o la dominación, según el caso).

En todo partido político hay grupos y facciones que luchan por su dirección. Algunos lo hacen con malas artes y otros con el apoyo de movimientos que, para el efecto, forman y patrocinan. Esta segunda forma es más democrática que la primera, por lo menos en apariencia, y, por lo mismo, goza de más legitimidad. Pero aun así el carácter oligárquico de su dirección, por democrático que haya sido el camino para obtenerla, no deja de existir una vez que actúa como dirección (o dirigencia si se prefiere). Dependerá de las bases de la organización (de cualquier tipo que sea y no sólo de un partido) que la dirigencia sea democrática o no. Es un problema de presión que, acompañada de derechos tales como el principio de revocación del mandato, el referendo o el plebiscito, será más efectiva que si estos derechos no existen. Por esto resulta importante conquistar estos derechos y en México, lamentablemente, no se ha insistido en ellos con suficiente energía.
¿Cómo lograr que los dirigentes de un partido o de un municipio, estado o país atiendan a las demandas populares sin la existencia del derecho a revocarles el mandato? Casi imposible. En nuestro sistema el único recurso con el que contamos es el voto cada tres o seis años, dependiendo del tipo de elección, y mientras tanto tenemos que aguantar al gobernante, al diputado o al dirigente de un partido. Esto es lo que debemos cambiar y no sólo demostrarles muy indirectamente que no los queremos, cosa que a las oligarquías les tiene sin cuidado. El único antídoto (nunca permanente) a la ley de las oligarquías de Michels es la revocación del mandato. Si este derecho existiera y fuera posible ejercerlo con relativa facilidad, los grupos oligárquicos, en los partidos o en las instituciones del Estado, se cuidarían de darle la espalda al pueblo. Si, además, el pueblo se organizara para precisar demandas colectivas de bien común y constituyera una red suficiente para convertirse en movimiento en determinados momentos, mejor aún.

Lo anterior, a mi juicio, sería una demanda justa por la cual luchar y nada tiene que ver con la abstención y el voto nulo o por Cantinflas. Convendría que los anulistas hicieran conciencia de que su acción, de llevarla a cabo, no sólo se perderá en la enrarecida atmósfera de la especulación, sino que sólo tendría relativo sentido si hubiera, el 5 de julio, una encuesta creíble de salida de urnas (exit poll) que revelara cuántos rechazaron conscientemente a los partidos y sus candidatos y cuántos anularon su voto por equivocación al ejercerlo, si es que saben que lo anularon al cruzar más de un partido, por ejemplo.

Los partidarios del voto nulo y de la abstención deberán saber que, hagan lo que hagan en la dinámica que se han propuesto, los partidos con más probabilidades de sentar a los suyos en la Cámara de Diputados serán el PRI, en segundo lugar el PAN, en tercer lugar el PRD y que éste competirá con el binomio PT-Convergencia (lopezobradorista) en no pocos lugares del país. Yo mejor guardaría mis energías para luchar por la revocación del mandato y por la vigencia, siempre negada desde el poder, del plebiscito y el referendo.

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Punto y coma: el voto nulo*


Adolfo Sánchez Rebolledo

A quienes les angustia el divorcio entre la ciudadanía y los partidos les pediría que esperen al 6 de julio. Ese día comenzará la campaña presidencial de 2012 y las cosas se verán con otros ojos.

Una vez asentados en sus curules, los nuevos legisladores y funcionarios, ya sea de buena fe o por simple oportunismo, se darán tiempo para atender algunas de las demandas planteadas surgidas de la protesta moral en favor del voto nulo. No sé si los políticos habrán asimilado la lección que se les ha querido dar, pero más de uno querrá saludar con sombrero ajeno a la sociedad civil, con la legitimidad erosionada, pero en pleno uso de sus facultades constitucionales. Con un PRI en ascenso y la izquierda en caída libre, la composición de la cámara será muy importante a la hora de fijar la agenda legislativa. El gobierno, pese a todo, habrá atravesado la peor crisis de la historia de México sin un gran cuestionamiento electoral a su gestión.

No es descabellado pensar, pues, que en la lógica de la carrera presidencialista, algunos partidos acepten examinar algunos de los puntos sensibles de la protesta, comenzando por la revisión de la reforma electoral, la relección de los diputados, y algunos otros temas calientes, como la apertura a las candidaturas no partidistas, cuyo interés crecerá en función de 2012. Los “anulistas”, como se han hecho llamar, podrán sentirse satisfechos si esa discusión se da, aunque es difícil imaginar el curso que seguirá la protesta, dada su contradictoria variedad de posiciones. En todo caso, ¿habremos iniciado, como dicen, una nueva forma de hacer política donde derechas e izquierdas se dan la mano? Veremos.

Como el debate es intenso, no quiero dejar de comentar algunas de las opiniones críticas vertidas por los lectores de La Jornada on line a mi artículo de la semana pasada. En primer lugar, reitero que el voto nulo es un derecho establecido en la ley y cualquier ciudadano puede ejercerlo. No se confunde con el abstencionismo ni es una evasión de los deberes cívicos. Es una forma de votar y en ese sentido, guste o no, es un acto político que puede juzgarse desde muy distintos observatorios, sobre todo cuando hay una campaña en forma para promoverlo. La discusión, en todo caso, está en la valoración de su significado aquí y ahora. Por lo demás, me sorprende la intención de identificar a los partidarios del voto nulo con la ciudadanía en general, como si los demás votantes fueran una raza aparte. Que hay hartazgo y deseos de expresar el malestar contra los partidos (más contra unos que contra otros) es obvio. Que muchos de los críticos son jóvenes que no se resignan a formar parte del vasto ejército del abstencionismo más despolitizado también es una buena noticia, pero ni son todos los jóvenes (más preocupados por el desempleo y la violencia) ni son jóvenes algunos de los autores intelectuales de este experimento.
Así como es absurdo decir que “todos los anulistas son manipulados por la derecha y por las televisoras”, como me reclama un lector, también lo sería creer que éstas nada tienen que ver en el asunto, sobre todo si se observa cómo surge y evoluciona la crítica a la “partidocracia”, convertida con éxito tras la reforma electoral en el enemigo a vencer por los defensores de la libertad de expresión. Claro que no hay un “líder” oculto tras bambalinas, pero decir que todo es espontaneidad exenta de ideologías, intereses o influencias intelectuales me parece una exageración. En beneficio de esa postura se dice que solamente se trata de una simple manifestación de de-sencanto y molestia ciudadana, pero ésa es también una lectura política que nada tiene de ingenua. Entiendo que se diga: no hay en el panorama ningún partido que me convenza, pero desearía que existiera otra opción política capaz de representarme en el Congreso. En vez de eso, algunos nos dicen: no votes, pues los partidos son por definición instrumentos al servicio del poder y la corrupción, de modo que los únicos confiables son los “ciudadanos” (independientemente de su posición social, ideología o moralidad). Me parece aceptable que los “anulistas” (menos los más jóvenes) se sientan defraudados por los partidos a los que votaron en 2006, pero han preferido trasladar el juicio político democrático particular a la crítica universal, genérica, al conjunto de fuerzas e instituciones electorales, a la política como tal. Si bien la consigna “sal a votar por el que sea, pero vota” es indefendible, también lo es aquella que procede de estigmatizaciones al grado de rechazar que entre los partidos y candidatos hay personalidades dignas cuya voz en el Congreso sería indispensable para asegurar la salud de la república, pues, para fortuna de nuestra convivencia, no todos son o representan lo mismo. Hay quienes cifran el futuro de este movimiento en el porcentaje de votos nulos que se registren el 5 de julio. Pero es una visión administrativa de la política.

Si en verdad hay una crisis de representación, los temas de la reforma del Estado, la discusión sobre el régimen político y, sobre todo, la necesidad de replantear un proyecto para México que trascienda la crisis de hoy estará más vivo que nunca. Para la izquierda es vital que la cuestión de la desigualdad ocupe la centralidad, aunque a muchos demócratas les parezca un tema fuera de moda.


*Tomados de La Jornada.

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