progressif

lunes, marzo 09, 2009

La toma de Ciudad Juárez*









Tomados de La Jornada, Helguera, Hernández y Rocha y El Universal, Helioflores.


MARCELA TURATI

A tal grado llega el estado de terror en la ciudad más violenta del país que, de hecho, la esperanza ahí prácticamente ya no tiene cabida. Si acaso, una fugaz sensación de calma –producida por débiles indicadores de que la violencia baja– genera espejismos, que son la contracara de la frustración, de la angustia... Los habitantes de Ciudad Juárez consideran que la intervención del Ejército es necesaria para enfrentar a los poderosos cárteles que se adueñaron de la plaza. Sin embargo, ya vivieron el fracaso de la Operación Conjunta Chihuahua a un año de su arranque, y advierten que si la invasión de 5 mil soldados más no basta, “se acabó Juárez y se acabó México”.

CIUDAD JUÁREZ, CHIH.- El coordinador de los peritos forenses del estado, Héctor Hawley Morelos, tiene en su mano una prueba de las “rarezas” que ocurren aquí desde que 5 mil militares más se apoderaron de las calles y las recorren día y noche.

Se trata de un oficio en el que se lee: “Hago de su conocimiento que el turno transcurrió sin novedad alguna”. Lo firma uno de sus subalternos. Corresponde a la primera vez que el Servicio Médico Forense no fue notificado de ningún nuevo homicidio, o “evento”, como le llaman aquí.

“El mes pasado todos tenían un evento que reportar, estos son todos los de febrero”, dice mientras enseña el monte de oficios que va desglosando de manera casi pedagógica: “Este perito de turno tomó tres eventos... A éste de acá le fue bien, nomás tuvo un evento... A éste de acá le fue muy mal, tuvo ocho eventos con 14 muertos... Pero ya están apareciendo otras rarezas: tengo varios reportes de sin novedad, ya ha habido bastantes turnos que reportan sin novedad”.

El abrupto quiebre de las estadísticas hace sonreír a Hawley. Aunque febrero fue el mes más violento del año en la ciudad más violenta del país (231 asesinatos sólo durante esos 28 días, casi los mismos que en todo 2006), el sólo anuncio de la llegada de 8 mil soldados y policías federales parece haber espantado a los delincuentes.

“Claro que todos los ‘sin novedad’ se nos anularon con el motín en el Cereso”, interviene la agente del Ministerio Público Claudia Cony Velarde, quien participó con Hawley y su equipo en el levantamiento de evidencias y cadáveres en el penal juarense, donde el miércoles 4 fueron asesinados 21 presos. Pero al día siguiente volvieron a presentarse oficios que no registraban muertes.

Desde la oficina de Hawley se ve un campamento de policías federales que se aburren en un estrecho estacionamiento. El funcionario vuele a reír cuando recuerda que algunos periódicos publicaron que esa fuerza está ahí para evitar que los sicarios rematen a heridos o roben cadáveres.

“Los concentraron ahí porque no tienen dónde meterlos”, comenta asomándose por la ventana.

Desde el sábado 28 de febrero comenzó el desfile. Ese día llegó la avanzada de los más de 5 mil militares y mil 800 policías federales que el presidente Felipe Calderón prometió enviar a esta ciudad fronteriza para reforzar la Operación Conjunta Chihuahua.

A casi un año de haberse puesto en marcha, los resultados de esta operación eran una escalada de violencia y muchas expectativas incumplidas, como el desmantelamiento de las redes financieras del narcotráfico y la reducción de los asesinatos (Ciudad Juárez pasó de 300 ejecuciones registradas en 2007, a mil 607 el año pasado).

En un intento de salvar la situación, aquel sábado llegó el primer contingente de refuerzo: militares y policías federales en un convoy de más de medio kilómetro formado por transportes Humvee, pick up, Hummer y camiones de carga. Al paso de los días arribaron más efectivos en aviones Hércules. La ciudad se fue poblando de uniformados.

Ahora son ellos los que, a modo de bienvenida, les piden a quienes llegan a la central camionera que abran su equipaje. Plantados en las carreteras, improvisan retenes junto al puente internacional que conduce a El Paso, Texas, y en cualquier calle. También están afuera de los hoteles de las avenidas importantes, copando gasolineras, comprando en el Sanborns, esperando que cambie el semáforo a bordo de una fila de vehículos... y acampando en estacionamientos.


Miedo y necesidad

En esta ciudad la policía ya parecía rendida.

Los narcos anunciaron que matarían a un policía municipal cada 48 horas, el militar que encabezaba la Secretaría de Seguridad Pública municipal renunció al primer asesinato y días después también fue abatido un agente de la Dirección de Tránsito. Los uniformados recibieron la orden de no acercarse a los autos sospechosos, o con vidrios polarizados o sin placas, aunque hubieran protagonizado un accidente vial.

Los niveles de violencia alcanzaron tales grados en todo el estado, que la oficina de Protección Civil de la ciudad de Chihuahua editó un instructivo para el caso de toparse con un comando de sicarios. Recomienda identificarse ante los mafiosos, responder a sus preguntas y no intentar la huida.

En Juárez se acaba de publicar otro manual, éste para enseñar a los ciudadanos cómo tratar a los militares, que comienzan a copar la ciudad. Prácticamente son las mismas recomendaciones: bajar la velocidad, prender la luz del auto, identificarse, responder a las preguntas, no huir.

“Tengo confianza en los soldados que te paran y te revisan, nomás. Pero los (policías) federales me hicieron pagar 200 pesos por no traer identificación y me querían quitar el carro”, repela el taxista Javier Hernández cuando se le pide su opinión sobre la ocupación militar.

“Un licenciado me platicó que unos soldados le robaron el pan y la leche, y que ellos son los que mandan a la gente a pedir extorsión”, dice otro taxista con pinta de ranchero. Pertenece a la base Monarca, donde permanecen estacionadas varias camionetas de federales.

“Por una parte está bien que estén, hay mucho resguardo, nos espantaron a los malandros, y como yo traigo negocio me conviene porque el comercio se va para arriba”, opina Rebeca Márquez, quien atiende un puesto de refrescos y papas afuera del Servicio Forense.

Y su vecino Lorenzo Mendoza: “Los soldados sí son unos desgraciados bien hechos, esos de la federal no son así, pero ni modo, tenían que venir a poner paz. Y ya se nota más paz”.
Pero la paz que comienza a notarse en esta ciudad puede ser un espejismo. Según El Diario de Juárez, también al inicio de la Operación Conjunta Chihuahua se observó una fugaz disminución de los homicidios parecida a la que ahora se presume. Durante abril, mes en que arrancó el operativo, las ejecuciones bajaron a la mitad, pero el respeto de los narcos por los militares duró poco y mayo fue más violento que los meses precedentes.

Sin embargo, muchos juarenses se dicen convencidos de que la presencia de los militares es necesaria. Es el caso, por ejemplo, del gerente de un restaurante de comida mexicana que abandonó su casa cuando un presunto integrante de Los Zetas lo llamó por teléfono para exigirle más de 100 mil dólares. Para él, lo único que puede remediar esa inseguridad es la entrada del Ejército. “Si ellos pierden, se pierde todo México”, dice desalentado.

Los policías locales que platican en la caseta del edificio de Seguridad Pública Municipal, hecha de madera, tienen una actitud ambigua. Llama la atención la barricada de costales que rodea su puesto.

–¿Para qué están los costales? –pregunta la reportera.

–Estos los pusimos hace unos seis, ocho meses, porque en esta ciudad llueve mucho –explica uno de los uniformados, que carga un fusil automático R-15, y completa: –Llueve mucho plomo.

Los otros dos festejan el chiste.

Ellos aprueban que un militar asuma la dirección de Seguridad Pública del municipio. Coinciden en que es necesario, porque la violencia se salió de control, pero no dejan de ser escépticos sobre la eficacia de las medidas contra el narco, pues desde el año pasado el presidente Calderón envió 2 mil 500 militares y la violencia recrudeció, en vez de apagarse.
Uno dice: “Por la seguridad está bien, porque nosotros también estábamos inseguros. Pusimos los costales desde que se hizo costumbre ir a los funerales de los compañeros porque la caseta es de pura madera, no nos protege nada”.

Otro agrega: “Mientras (los militares) respeten nuestro reglamento, está bien”.

Y el tercero: “Muchos no vienen a cuidar a la comunidad, sino a fregarnos, a hacer dizque nos detienen y a sembrarnos drogas. O llegan a casa y roban dinero, DVD, de todo”.
Los tres, incluso el de ingreso más reciente, contrataron seguros de vida. Uno contrató dos seguros porque no confía en que el municipio se haga responsable de pensionar a su viuda si él muere.

–Creo que sí se ha calmado poquito, ¿no? –aventura uno.

–Ojalá sí se componga todo. Los policías municipales no estamos preparados para el narcotráfico, y ya ve los soldados: todo el tiempo que han estado ahí y no han podido. Ya si de a tiro no sirve nada, no servimos ninguno –es la respuesta de uno de sus compañeros.
El tercero se ríe. No quiere alabar a los militares y no concede todo: “Eso sí, los policías estamos más preparados para atender a la comunidad. Los otros no tienen estudios, son mal amansados, bajados de la sierra, que no entienden razones. Desde que llegaron hubo problemas: querían implementar 48 horas de trabajo que no estaban en nuestro reglamento”.

La última opción


El jueves 5 por la noche, afuera del bar Hollywood –en cuya puerta se lee: “No drogas, no alcohol, no menores”–, tres soldados, con su uniforme verde olivo, casco y chaleco antibalas, intentan cumplir bien una de sus primeras labores: mediar en un grupo de pandilleros que pelean por una cartera.

“Nos mandaron llamar y teníamos que dar respuesta”, se justifica uno de los soldados cuando se le pregunta por qué está en el antro. Él y su grupo estaban a dos cuadras del lugar, parando al azar los autos que circulaban por la Mariscal –la zona roja de Juárez– y revisándolos.

Como resultado de la presencia militar, casi no se han registrado homicidios. Más aún, en estos días se ve vacía la zona conocida como La Cima, en la colonia Bella Vista, donde está el picadero más grande de la ciudad. En esas esquinas solían verse siluetas que esperaban consumidores de drogas toda la noche.

Para el médico Arturo Valenzuela Zorrilla, secretario del Comité Médico Ciudadano que se constituyó a raíz de la racha de extorsiones, asesinatos y secuestros contra el gremio, la militarización debe ser temporal.

“Es una medida de emergencia, es necesaria, pero la fuerza del Ejército sólo sirve de parachoques, para impedir un choque violento. No va a ser para siempre, pero nos está dando la oportunidad a la sociedad de unirnos, de organizarnos, de hacer Juárez diferente”, dice optimista, no obstante que el año pasado fueron secuestrados 15 de sus colegas y alrededor de otros 20 fueron extorsionados. “Realmente no sé por qué a mí no me tocó”, comenta sorprendido.

Al menos los comerciantes tienen otros motivos para alegrarse por la llegada de más tropas.
–Me da un cigarro y un agua. ¿Tú qué quieres? –pregunta un agente federal a un compañero cuando entran a una tienda de autoservicio.

Los medios locales reflejan la esperanza de los comerciantes: Reaviva el comercio y los servicios la llegada de soldados y federales, fue el encabezado de una nota, en la que el reportero calculó un gasto de 30 pesos diarios en promedio por cada uniformado de la Operación Conjunta Chihuahua.

El ayuntamiento está acondicionando cinco naves industriales como cuartel provisional; la menor mide 3 mil metros cuadrados y la mayor 8 mil, donde puedan acampar hasta 500 soldados. Tendrán áreas de cocina y baños con regaderas, considerando que se queden al menos seis meses, a decir de un funcionario municipal.

Y aunque se desconoce la fecha en que estos contingentes se irán, Federico Ziga, el presidente de la Cámara Nacional de la Industria Restaurantera y de Alimentos Condimentados (Canirac), confirma que “con la llegada de las tropas el comercio pequeño y mediano está teniendo un repunte porque son gente que tiene que comer, y la Policía Federal llega a hoteles y consume”.

Opina: “Es más peligroso no tener a los militares, la mera verdad. Mientras los narcos ajustan cuentas, nosotros estamos en medio. Todas las matanzas casi siempre se llevan a cabo dentro o afuera de restaurantes”.

Y concluye: “Si falla (la estrategia militar), ya no hay más, falla la estrategia de Felipe Calderón. Si no limpiamos la ciudad, se acabó Juárez y se acabó México”.

*Tomado de la revista Proceso.