progressif

jueves, abril 07, 2011

Cortedad de miras*

Tomados de La Jornada, Hernández, Helguera, El Fisgón y Rocha y El Universal, Helioflores.



Octavio Rodríguez Araujo
Varias personas muy apreciadas y otras que no me merecen ningún respeto han estado insistiendo en las bondades que hubiera representado la alianza PAN-PRD en el estado de México, para derrotar al PRI. Lo que no nos han explicado es por qué derrotar al PRI engordándole el caldo al menguado PAN.

Las recientes revelaciones de Wikileaks en La Jornada demuestran que PRI y PAN desde antes de la elección de 2006 (yo diría que desde el gobierno de Salinas de Gortari) son lo mismo. Una cosa fue que buena parte de los gobernadores priístas estuviera en contra de Roberto Madrazo y otra que hubieran dejado de ser priístas. Y si algunos de esos gobernadores apoyaron a Calderón fue por algo muy concreto: que no los disciplinara y pudieran hacer en sus estados lo que les viniera en gana. Y así ocurrió. Los primeros beneficiarios de su alianza con el PAN fueron Ulises Ruiz (de Oaxaca) y Mario Marín (de Puebla), para sólo poner dos ejemplos sobresalientes.

López Obrador ha dicho repetidas veces que PRI y PAN son lo mismo. Y, lamentablemente para sus detractores, tiene razón. Desde que Salinas de Gortari atrajo al PAN haciéndolo su socio y cómplice para modificar la Constitución en favor de la Iglesia católica, de las empresas trasnacionales, de la privatización bancaria y de decenas de empresas públicas, las reformas sobre la tierra del artículo 27, etcétera, lo que quedó claro para cualquier observador con buena vista fue que tanto el partido del entonces gobernante, al que le cambió hasta la ideología, como el blanquiazul, seguían el mismo modelo y coincidían en las mismas políticas. Tal mimetismo entre ambos partidos se pudo comprobar varias veces y, sobre todo, después cuando las legislaturas locales con predominio priísta votaron, por ejemplo, en contra de la despenalización del aborto.

Lo que hizo Salinas de Gortari fue consolidar el nuevo régimen tecnocrático-neoliberal y la inserción subordinada de México a la globalización económica hegemonizada por Estados Unidos y las más grandes empresas que controlan la economía mundial. Neopriístas y neopanistas (éstos también nuevos porque son diferentes a los doctrinarios de antes de 1976) comparten la misma mesa y la amistad con los mismos invitados a la cena cuyo menú es el reparto de las riquezas nacionales. Sobra decir que entre los invitados ocupan lugares de honor los gobernantes de Estados Unidos, igual se trate de los Bush, los Clinton y Obama, que de los grandes intereses económicos de ese país.

Con los priístas salinistas y zedillistas y con los panistas foxistas y calderonistas las condiciones de los mega-millonarios mejoraron considerablemente, además de aumentar en número, la Iglesia católica adquirió más fuerza y ahora tiene más influencia que hace 30 años. La desnacionalización del país vive un proceso creciente y el Estado ha dejado de regular la economía en favor de la nación y de ciertas condiciones de la mayoría de la población. Por si no fuera suficiente, los mexicanos nunca habíamos vivido una etapa de inseguridad, impunidad y corrupción como la que padecemos ahora, y de esta última tampoco se escapan muchos perredistas que gobiernan o han gobernado, incluso en el nivel municipal.
Algunos de mis amigos perredistas nos quieren convencer de que la consulta y la encuesta en el estado de México fue algo así como un mandato que debería respetarse. Lo que no nos han explicado es por qué se promovieron la consulta y la encuesta para que el PRD se aliara con el PAN y por qué este partido, que tanto atacó al PRD en la elección de 2006 es mejor que el PRI que hizo lo mismo en 1988. Son, para decirlo con pocas palabras, simplistas; tanto como quienes a estas alturas apoyan a Kadafi porque la oposición al dictador ha sido aprovechada, si no auspiciada, por las potencias imperialistas con la intención de repetir, guardando proporciones, el modelo de Afganistán: poner en Libia a un Karzai conveniente. El asunto en Libia, salvo la mejor opinión de expertos, es que tanto Kadafi como la intromisión armada y política de los países imperialistas son contrarios a los intereses de esa nación y de su población mayoritaria. En México, otra vez guardando proporciones, es lo mismo: PAN y PRI son contrarios a los intereses de esta nación y de su población mayoritaria.

Hay, como en tiempos de López Portillo, una disputa por la nación (Cordera y Tello), entre los que piensan en el modelo estatista y los neoliberales que quieren un Estado poco o nada interventor y mucho menos regulador de la economía. La pugna no es entre PRI y PAN, ni siquiera entre éstos y los chuchos calderonizados. Es entre dos modelos de desarrollo, el que defienden, aunque no lo quieran aceptar abiertamente, Cuauhtémoc Cárdenas y López Obrador (cada uno con sus aliados), y el de los neoliberales bajo los colores que sean, pues éstos no hacen la diferencia.

Es lamentable la cortedad de miras de mis amigos y conocidos que todavía insisten en la validez y pertinencia de la consulta aliancista. La estrategia a seguir no es ni debiera ser la politiquería de alcoba o en torno a una mesa bien servida con o sin los representantes de Estados Unidos (documentada por Wikileaks), sino con el pueblo y los movimientos sociales que, a pesar de la ausencia de dirección política, perseveran en su oposición aunque no los vean ni los oigan. La estrategia a seguir no pasa por alianzas tácticas (que no estratégicas) y coyunturales, sino por la consistencia entre lo que se dice y lo que se hace en un esquema de oposición a lo existente y de construcción de un nuevo país, más justo, menos desigual, menos corrupto y más independiente.

Los mexicanos, aunque no lo revelen las encuestas, ya estamos hartos de que sólo les interesemos a los partidos para votar; queremos resultados, queremos cambios sustanciales, queremos volver a sentirnos orgullosos de nuestro país como nación soberana y próspera, y no más en la pendiente negativa a que nos han llevado priístas y panistas, y perredistas de nombre pero no de convicción. Como dijera muy justificadamente Javier Sicilia, “estamos hasta la madre”, y cada vez seremos más los inconformes.

http://rodriguezaraujo.unam.mx

*Tomado de La Jornada.

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