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lunes, septiembre 14, 2009

Los Zetas: el ejército de Osiel**








Tomados de La Jornada, Hernández, Helguera y Rocha y El Universal, Helioflores.


RICARDO RAVELO*

Como él ansía todo el poder, un día de julio de 1998 analiza el affaire de su seguridad y concluye que debe crear un grupo de protección tan poderoso y efectivo que ni el propio Ejército pueda abatirlo. Así, inmerso en una atmósfera convulsa, surge el grupo armado Los Zetas, bien llamado el ejército del narco, para nutrir al engendro mafioso que es Osiel.
El momento que vive el país no puede ser más propicio para el surgimiento de Los Zetas. Quizá sin propónselo –o bien como parte de un proyecto maquinado desde el poder, eso tal vez nunca se sepa–, el gobierno federal pone la primera piedra para que el cártel del Golfo cree su propio cerco de protección con hombres entrenados en la milicia. (…)
El dique de contención, las estructuras policiacas, estalla, perforado por el dinero sucio. El panorama parece tan complicado como irreversible. Es tan oscuro este México de finales de los noventa que el presidente Ernesto Zedillo toma la decisión de echar mano del Ejército para enfrentar al crimen organizado. Sin embargo, no advierte que su determinación derivará en una pesadilla. (…)

Al darse cuenta de la debilidad del Estado, al ver ante sus ojos un verdadero regalo del gobierno y que lo pue­de tomar con sólo extender sus manos, Arturo Guzmán Decena –expolicía federal, cómplice del capo– pone en marcha la estrategia que ha maquinado después de una conversación con Osiel. Con ofrecimientos millonarios –y privilegios que un militar jamás podría obtener en el Ejército, donde una élite acapara los beneficios y canonjías– los efectivos del Ejército son convencidos de algo que las propias autoridades tardaron en entender: que el narco paga mejor que el gobierno. Dura realidad, pero esa es la razón por la que muchos soldados desertan para engancharse en la aventura del narcotráfico.

Poco a poco, como hormigas que abandonan el agujero, decenas de soldados empiezan a desaparecer. De un día para otro ya no asisten a sus áreas de trabajo. El pase de lista obli­gado está plagado de silencios. Nadie responde al llamado del alto mando. La preocupación cunde por doquier. ¿Dónde están?, se preguntan una y otra vez los jefes castrenses. Por varios meses se piensa que fueron secuestrados o asesinados por la mafia. Las respuestas no llegan y la desesperación paraliza a los altos mandos de la Sedena, que deben rendir cuentas sobre el paradero de los soldados.

Con todos los conocimientos adquiridos en el Ejército, Guzmán Decena estructura otra milicia. El nombre de Los Zetas surge porque varios de los primeros militares que se incorporaron al cártel del Golfo estuvieron adscritos, en cali­dad de policías, a la base Zeta de Miguel Alemán, Tamauli­pas. Otra versión establece que el nombre deriva de las claves que los integrantes de este grupo paramilitar utilizan para comunicarse y no ser detectados.
(…) Así, el capo se convierte en el delincuente más protegido. Antes de que alguien intente tocarle un pelo o decida enca­rarlo, debe derribar primero a esa poderosa muralla humana. A partir de este momento el cártel del Golfo ya no puede seguir considerándose como una organización más, que rueda con sus ejes engrasados alrededor del tráfico de dro­gas. Los Zetas permiten que el cártel del Golfo se posicione en la geografía mexicana con los instrumentos más cortan­tes: la violencia y el miedo. Ningún otro cártel dispone de una valla como ésa y nadie le puede competir a Osiel en el campo del narcotráfico.

Nadie sabe si en el origen de Los Zetas el propósito con­sistió en implicar de lleno al Ejército en el narcotráfico como un proyecto articulado por el Estado, de manera que sólo la Presidencia de la República manejara los hilos del narco. Lo cierto es que el proyecto de Ernesto Zedillo de involucrar a los militares en la lucha antidrogas da pie a ese paramilitarismo asociado con el narcotráfico y con la más tortuosa pesadilla que jamás haya vivido el país, cuya democracia flaquea porque sigue atada a una vieja dictadura: la del narco.

Pero a Osiel no parece importarle tanto el desgajamiento del país. Él quiere seguir perforando las estructuras del poder político para mantenerse impune. El caos es su mejor elemen­to para vivir. Con el cerco protector en su máximo esplendor puede moverse a sus anchas. Sabe que antes de que una mano criminal lo toque, el muro de protección atacará primero, se anticipará al plan asesino en su defensa. El monstruo criminal crecerá y sembrará terror. Su evolución es tremenda. Este grupo armado que despliega saña es el reflejo de la demencia de Osiel Cárdenas.

Los primeros miembros de Los Zetas no rebasan los 60 hombres de todas las estaturas y rangos militares. Casi todos tienen un rasgo en común: el rostro endurecido, en el sem­blante las grietas que provoca el castigo y el rigor de la mili­cia. En otros, brota de sus ojos el rencor, la frustración, y no pocos transpiran venganza, el vapor del odio que los quema por dentro.

(…) Con el paso de los años, Los Zetas dejan de ser militares puros –algunos de ellos son asesinados, otros son deteni­dos– pero aún hoy conservan algo de su linaje castrense, que no se perdió ni con el crimen de su fundador, Arturo Guzmán Decena, el Z-1, perpetrado el 21 de noviembre de 2002 cuando departía desarmado en un restaurante de la calle Herrera y Nueve, de Matamoros.

Su lugar no puede ser ocupado por un improvisado. Por eso el trabajo se le encomienda a un militar de igual o mejor perfil que el propio Guzmán Decena. Su posición la toma entonces Heriberto Lazcano Lazcano, El Lazca o Z-3, metal forjado con las más altas temperaturas de la milicia, otro desertor del GAFE que también fue entrenado en diversas disciplinas y que hasta la fecha es inamovible como jefe de Los Zetas.

Durante su evolución Los Zetas llegan a tener cerca de 750 miembros. Con el paso del tiempo refuerzan su estruc­tura con la incrustación de kaibiles, desertores del ejército de Guatemala que se suman al cártel del Golfo para imponer sus más sanguinarias prácticas de muerte: la tortura, la decapi­tación y el descuartizamiento. Amantes de la guerra, afinan tan bien su estrategia bélica, que logran infundir miedo, un paralizante miedo en todo el país y en particular entre sus rivales, quienes no tienen más opción que responder con la misma saña y con el mismo horror.

(…) Con la incorporación de kaibiles no sólo se refuerzan los cimientos y las columnas que sostienen a Los Zetas, sino que también cambian las formas de asesinar en México. La ejecución tradicional realizada hasta entonces por un fran­cotirador se vuelve práctica obsoleta. Los sicarios del cártel del Golfo que no son de extracción militar deben ahora decidir su futuro: incorporarse a otro cártel mostrando sus mejores credenciales como asesinos, quedarse desempleados o entrenarse para aprender a matar con mayor saña, como lo exigen las reglas de Los Zetas, quienes imponen el baño de sangre, lo mismo que la decapitación y el despedazamiento de personas. Cuando esta suerte de engendro bélico decide matar, las cabezas humanas ruedan por doquier. Entre algu­nos miembros de Los Zetas se cuenta que decapitan cuando las personas aún están con vida y –sólo las víctimas saben lo que ocurre en ese último segundo de su existencia– pueden tener conciencia de verse en ese estado.

Cortar cabezas se vuelve una fiebre que se extiende de Baja California a Quintana Roo. No hay una franja del territorio nacional donde no se cuente la historia de un decapitado. Cuando se trata de muertes violentas, como las del narco, los médicos forenses dejan de practicar las tradi­cionales necropsias para trabajar ahora con mayores dosis de horror: armar cuerpos con los despojos de que disponen. En el peor de los casos entregan a sus deudos cadáveres incom­pletos, sin extremidades superiores o inferiores; sin lengua si el difunto fue un soplón; sin manos si tomó algo indebido; sin ojos si miró lo que le prohibieron ver; sin pene si rebasó límites por el impulso afiebrado del deseo.

* Fragmentos del capítulo 9.

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Vivir de la muerte**

MARCELA TURATI

Ciudad Juárez es la capital mundial del homicidio doloso, producto de los levantones, las ejecuciones, las batallas campales entre bandas rivales, los heridos rematados en ambulancias u hospitales, los funerales y sepelios ensangrentados por venganzas. En medio de todo, florece el negocio de los buitres, agentes funerarios que están a la caza de los familiares de víctimas. Aquí, la única paz está en los cementerios, donde reposan juntos policías y sicarios…

CIUDAD JUÁREZ, CHIH.- En esta ciudad una persona muere asesinada cada dos horas con 15 minutos. En 10 días han muerto 112. Al término de hoy habrán fallecido al menos 11 personas. Once bultos tirados en la calle como fiambres. Once futuros destrozados y familias enlutadas.

Aquí la canción del paisano Juan Gabriel resultó profética. En dos años, Ciudad Juárez se convirtió en “la número uno”, la nomber uan en número de homicidios dolosos, no sólo de México, del mundo entero.

A pesar de la crisis económica y de la inseguridad, la industria de la muerte se encuentra en apogeo. Por la oleada de violencia han florecido empresas funerarias de varios pisos, grandes como hospitales, dignas para abastecer la demanda de la nueva capital mundial de homicidios. Mención aparte merecen dos de ellas: el Recinto Funerario Latino Americana, un edificio de tres pisos de mármol, y Mausoleos Luz Eterna, que alberga en sus instalaciones un templo con capacidad para 350 personas cómodamente sentadas, estacionamiento para 250 autos y espacio para 64 mil urnas funerarias.

Sea o no que las establecieron por coin­cidencia, como afirman sus gerentes, las funerarias tienen clientela asegurada a futuro si se toma en cuenta que entre 2008 y 2009 los panteones tuvieron que abrir 3 mil 200 nuevos espacios para sepultar a los ejecutados (en su mayoría, hombres de entre 20 y 35 años), una verdadera masacre para una ciudad que no alcanza millón y medio de habitantes.

Por el ritmo de los asesinatos, los cementerios municipales están alcanzando su cupo máximo y algunos días las caravanas fúnebres tienen que esperar su turno para enterrar a su ser querido, no vaya a ser que se topen con carrozas del bando rival. La morgue sigue colapsándose.

La guerra desatada por el gobierno ha incubado personajes como los buitres, unos seres vestidos de color oscuro que, en representación de las funerarias, se disputan a los muertos para ofrecerles sus últimos servicios. A ellos se les puede ver haciendo guardia afuera de la Procuraduría de Justicia, husmeando en la escena del crimen para recabar datos de su futuro cliente, timbrando en la casa del difunto, paseando por los pasillos de la unidad de homicidios, camuflados entre los deudos o tramitando el rescate de algún cadáver atorado en algún embotellamiento en el Servicio Médico Forense (Semefo).

Se les reconoce por su discreción, su ropaje oscuro, su camisa formal y de manga larga, sus botas negras puntiagudas y su look de haber salido de un velorio.

El miércoles 9 de septiembre, cuatro de ellos fueron vistos al lado de una mujer que gritaba enloquecida por el dolor en la colonia Barrio Alto, a la que su esposo, igual de quebrado, inmovilizaba con un fuerte abrazo para que no se enfrentara a los soldados que le impedían llegar hasta donde yacía su hijo acribillado.

El cuarteto se mezclaba entre los metiches, los vendedores ambulantes de paletas heladas y los periodistas que siempre husmean detrás de la cinta plástica de color amarillo que impide el paso. Esperaban el momento de entrar en acción hasta que uno de ellos, el más vivales, se les adelantó a todos y apareció junto a los familiares, presentándose y extendiéndoles una tarjeta.

“Funeraria Ríos está para servirles”, dijo el buitre al padre del muchacho ejecutado, a quien apalabraría en segundos para verlo dos horas más tarde, cuando fuera a identificar el cadáver de su hijo, y aprovecharían para cerrar el trato por servicios funerarios.

La disputa entre cárteles ha trastocado también a los gremios de los embalsamadores, los panteoneros, los músicos, los rescatistas, los médicos y enfermeros. Todos adaptaron su profesión a los nuevos desafíos impuestos por esta carnicería.

El rafagueadero indiscriminado provocó, por ejemplo, que sólo tres hospitales reciban heridos de bala –uno de ellos, el Hospital General, declaró desabasto de sangre por exceso de transfusiones– y originó escasez de médicos porque nadie quiere las vacantes laborales de esta urbe, puntera también en secuestros y extorsiones.

El enfrentamiento entre cárteles que se libra en Ciudad Juárez ha matado más gente que la mafiosa Camorra italiana en una década. Según diagnostica el Consejo Ciudadano para la Seguridad Pública y la Justicia Penal, en esta ciudad mueren 159 personas por cada 100 mil habitantes, cifra con la que supera a países enteros, como Sudáfrica, o ciudades violentas, como Caracas y El Salvador. Se vive una situación similar a la que vivieron hace dos décadas los habitantes de Medellín, o en su momento Chicago y Palermo, que por momentos parecían ahogarse en su propia sangre.

La muerte permite ganarse la vida a unos cuantos, pero no sin riesgos. Estos son algunos de sus testimonios.

Agente funerario

Escúcheme bien, aquí todos agarran chamba: todos. Con esta situación se ha beneficiado el ramo funerario porque, imagínese, un evento de estos ocurría cada cuatro o cinco años y ahora es diario.

Nosotros somos los primeros en enterarnos de los eventos e ir al lugar. Esto es así, trabajo de buitre, estar a la espera de la persona indicada y el momento indicado, no ofrecer los servicios cuando hay un 5-7 y la familia está sacada de onda. Tenemos que entrar en contacto, con mucho tacto y humanidad, decirles qué documentación tienen que reunir y sugerirles que contraten a la funeraria para que no batallen para rescatar el cuerpo del Semefo.

Hasta afuera de la Procu reconocemos de volada a los familiares por su expresión. Les explicamos que en Averiguaciones Previas se tardan una hora para que identifiquen a su familia por foto; el Semefo puede tardar hasta día y medio en soltar el cuerpo. Luego son cuatro horas del embalsamamiento.

Este trabajo es sencillo y es bonito porque estamos ayudando a la gente, aunque a veces es difícil porque unos se ponen agresivos, influidos casi siempre por los metiches que están con la familia y ni vela tienen en el entierro.

Pero, desgraciadamente, después de probar nuestro servicio, la gente siempre queda agradecida y nos vuelve a buscar.

Todos los que estamos aquí somos agentes funerarios, los llamados buitres. Así nos dice la gente porque estamos acechando a la presa, pero sin nosotros sería más difícil, porque uno orienta a los dolientes y los hace batallar menos. Pero nos va bien. Yo, fíjese, siempre me encomiendo a la Santa Muerte, nos auxilia y vamos de la mano.
Perito forense

Para nosotros no hay día mejor o peor. Nos han tocado días con hasta 12, 15 homicidios, y además de ir a la escena del crimen a recabar evidencias tenemos que embalarlas, entregarlas y hacer fichas informativas para los distintos laboratorios.

Hemos trabajado más de 24 horas seguidas en eventos como el del centro de rehabilitación, donde fueron 18 asesinados de un jalón, más los acumulados durante el día. Nunca sabemos a qué hora vamos a terminar. Hoy, por ejemplo, entramos a las ocho de la mañana; todavía no es mediodía y éste ya es el segundo evento que tenemos.

Paramédico rescatista

Antes llegábamos hasta 15 minutos antes que la patrulla a auxiliar a los heridos, pero ya no lo hacemos desde que comenzaron a regresar los sicarios para decirnos que nos retiráramos o nos mataban.

Ahora todo mundo se tarda en llegar. Hasta los policías esperan a que lleguen los soldados, y pueden tardar media hora, y si todavía están dándose de balazos esperamos hasta una hora a que sellen la zona y luego a recoger a los heridos.

Hay veces que por la frecuencia de radio los narcos nos advierten que esperemos hasta que lleguen los guachos, para que de mientras el herido se desangre. Y una noche ni salimos porque amenazaron diciendo que al primer paramédico que vieran en la calle lo iban a matar.

Aunque nos amenazan sabemos que tenemos que evacuarlos de la escena y contenerles las hemorragias por humanidad, aunque sabes que en el camino o en los hospitales 95% se muere. Hace poco interceptaron otra ambulancia, se subieron y mataron al lesionado.
Los que rescatamos vivos van quejándose. Tratamos de ni escuchar lo que van diciendo, no nos interesa escuchar sus últimas palabras. Muy a fuerzas les pedimos el nombre.
A uno que balearon lo escuché platicando por radio diciéndole a otro que ya sabían quién había sido, que ya sabían lo que debían hacer con esa persona. Nosotros ni nos metemos, porque es fácil que se enteren de quién sopló y te dan tu chicharrón con frijoles en caliente pero rancios.

Médico de urgencias

Por acuerdo político o médico, la Clínica 35 fue uno de los tres hospitales designados para recibir a los heridos, dizque porque tenía vigilancia todo el tiempo, pero eso no es cierto, nadie cuida. El sábado nos trajeron a uno y en cuanto se fueron los soldados entraron unas personas vestidas como policías federales a rematarlo. Lo que nos preguntamos es cómo sabían los sicarios que ya no había vigilancia adentro del hospital.

Así que por acuerdos de otro nivel estamos expuestos a recibir balazos, y aunque no queramos atenderlos, la ética nos obliga a recibir a los pacientes.

Estamos recibiendo como uno diario, aunque hemos llegado a tener a cuatro el mismo día, porque éstos ya se volvieron cínicos y ya no matan nomás en la noche. Ahora disparan mucho a la cabeza.

Con el ingreso de estos pacientes se activa el Código Rojo, que amerita atención inmediata e implica volcar todo el recurso humano que tenemos. Estas personas solitas se llevan hasta 15 paquetes de sangre, ocupan rayos X, quirófano, urgenciólogos, médicos intensivistas, cirujanos, enfermeros, radiólogos. Todo.

Para colmo, ya ningún médico quiere venir a Juárez. Nos hace falta cubrir 40% de las plazas, y aunque el sindicato ofrece las vacantes por toda la República, nadie acepta venir, y yo no los critico.

Estos heridos que vienen ni son derechohabientes del Seguro Social. Casi son puro joven, pobre, tatuado, en condiciones de indigencia marcadas, y tampoco pagan los servicios que usan, que serían de 70 mil pesos por día, porque no hay manera de cobrarles. El personal administrativo no hace seguimiento a su pago porque ¿quién va a ser el valiente que les va a cobrar?

Embalsamador

Por embalsamar cuerpo autopsiado nos pagan bien poquito, 400 pesos; uno naturalito, de muerte natural, son 300. El procedimiento del autopsiado es más tardado porque se tiene que embalsamar por partes, de tantos agujeros que trae. Se tarda unas tres horas, según el volumen del cuerpo, porque ahora con las ejecuciones nos entregan cuerpos muy desbaratados por la autopsia y por las armas de fuego, las hachas o machetes, porque de todo hay en la viña del señor, y uno batalla mucho y tiene que hacerlo por partes.
Nuestro trabajo es hacer lo imposible para que al difunto se le vea un rostro apacible, porque unos quedan con facciones contraídas, lo que le dicen rictus mortem, con la impresión del susto o del dolor del último momento.

Creciente demanda

Antes había 25 funerarias, pero en un lapso de unos cinco años han abierto 44, aunque a unas también les están pegando las extorsiones o las han quemado por no pagar la cuota. Varias siguen trabajando a escondidas o atendiendo sólo a conocidos. Otras sí han cerrado.
Unas no tienen ética, ofrecen el servicio económico a 2 mil 500 pesos y la gente sale pagando hasta 12 mil porque le van enjaretando ataúd, embalsamamiento, sala...
A todos nos pegó que a los servicios venga poca gente, así sean en la funeraria o en las casas, pues se tiene miedo de que se metan a matarlos, porque ya se ha dado que hasta en las funerarias finas se meten a matar a los hermanos del difunto. Es peligroso ir a los servicios.

Sepulturero

Antes los echaban a todos en el mismo hoyo y era difícil identificarlos; ahora ya los colocan de uno por uno, y en cuanto saben quién era el difunto le ponen su nombre y la familia le pone sus flores. Aquí, en estos montoncitos, acaban de enterrar a 43 que no fueron identificados. Acá hay 18 hoyos que ya están preparados para cuando se necesiten.

Trío norteño

Desde el medio día nos paramos debajo de esta sombrita y cuando pasan los dolientes nos contratan para que toquemos en el entierro. Las canciones que más nos pide la gente son Te vas, ángel mío, El puño de tierra, Amor eterno, Al pie de la tumba, Cruz de madera, Que me entierren cantando. Según lo que quiera el doliente, le podemos cantar una hora o trabajamos por canción.
Al principio entrábamos en depresión de ver tanto sepelio de tanto joven, pero conforme pasa el tiempo uno se va imponiendo. No nos da miedo venir a cantarles porque cuando hay riesgo vienen policías y soldados a resguardar la carroza. Y, la verdad, nos va mejor acá en el panteón, pues los bares están muertos porque la gente ya no visita la ciudad, por tanto atraco y tantos muertos.

Panteonero

Hace seis meses este pedazo del panteón estaba baldío, pero mire, ya se está llenando. De estos 30 que hay aquí, estimo que unos 15 son ejecutados, puros hombres. Aquél de la foto era de mi edad. Por aquí están enterrados dos ministeriales. Esa de ahí es de un secuestrado. Muchos ejecutados, algunos con sus hijos chiquitos… Éste fue levantado. Aquí hay policías y sicarios, todos están juntos, al cabo aquí ya no se pelean.

Es exagerado, exagerado los muertos. Que yo sepa, el cementerio Tepeyac está saturado. El Colinas Juárez y el Chaveña Municipal, el Sueños Eternos llevan su movimiento. Me dicen que el San Rafael ya va a marchas escandalosas, que están llegando hasta cinco funerales juntos. Haga de cuenta que es como en el aeropuerto con los aviones esperando a despegar. Y si son muertos de un mismo evento, que sean enemigos, se corre riesgo.

Ya todos los panteones tuvimos que cambiar el sistema de entrada porque teníamos mucho miedo. Los familiares venían, bebían, hacían parties con sus bocinotas. Ahora todos los panteones corren a todos a las cinco, y a veces entran los soldados a darse su vuelta por los jardines. Eso ha aplacado a la gente.

Sí tenemos miedo de que se nos junten bandos rivales, que vengan a visitar a su ejecutado y se encuentren también al familiar del ejecutado del otro bando, y que se peleen. Es impredecible si se juntan.





**Tomados de La revista Proceso.

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